Juro que tú, no me vuelves a pasar.

Esa costumbre tuya de irte así sin decir nada, esa puta despedida postergada… una vez más.

Otra vez has cogido tus maletas y has decidido marcharte, anda yo no soy quien, para detenerte, pero esta vez recuerda: si un día vuelves no me busques que ya no estaré, no para ti.

Ya no creeré más en tus palabras y empezaré por confiar más en tu silencio, ese que siempre ha dicho tanto y hasta hoy yo no había querido escuchar, vete, ya, corre que se te hace tarde y la vida no espera, aunque yo lo haya hecho demasiado, vete y de mi olvídate, por favor.

No quiero más mensajes en mi contestador preguntando como estoy ni quiero saber tampoco como estas tú, ya no me duelas más que ha sido suficiente.

Márchate de una vez y que sea para siempre.

Yo me quedo, con todo este amor en la sonrisa y las ganas de detenerte en mis manos, no he de cerrar la puerta porque quiero un viento fuerte que entre y se lleve todo, tu aroma, tu voz, tu recuerdo.

Y aunque después me taladren los susurros de los fantasmas preguntándose por ti, los ecos grabados en las grietas de esas viejas paredes que llamamos hogar, aunque me invada un insomnio tres días a la semana ya no quiero que regreses.

Juro que tú, no me vuelves a pasar.

 

Te he visto marcharte cientos de veces,

las mismas que te he visto regresar,

hoy cierro mis ojos para no verte más;

abro mis brazos, no en señal de espera

sino todo lo contrario, para soltar.

 

Te he visto morderte las ganas y

decir siempre algún día y esperar,

hoy te dejo el olvido con mi nombre

y toda la distancia vestida de mar.

 

Te he visto esconderte detrás de tus

miedos, sonreír cabizbajo al caminar,

te he visto a lo lejos volverte desierto

y convertirte en piedra de tropezar,

pero juro que tú, no me vuelves a pasar

La delgada línea que separa el celebrar la vida o celebrar la muerte, lleva tu nombre.

Estoy a punto de cruzar la línea, esa que divide el fin del comienzo, pero no sé qué lado es el comienzo ni cuál es el fin, puede ser ambos. El punto es que hoy estoy aquí.

He caminado tanto tiempo y tantos caminos distintos, he volado cielos en todos los colores y navegado mares hasta diferentes puertos; aun no quiero ser ancla porque siempre vuelvo, a donde comencé, a donde partí, ese es mi punto de salida hacia el mundo, yo le llamo hogar, pero es un árbol, uno que se volvió papel, pero no llegó a libro.

Estoy al borde de un precipicio, la vista es increíble y quiero saltar, quiero volar de nuevo, contigo, Vida, anda tómate el corazón y sujétalo fuerte que en esta aventura nos lo llevamos, nunca más vuelvo a hacer algo sin el corazón en la mano, anda vamos a darlo todo, a vaciarnos y llenarnos. Es lo que nos hace falta vida.

Estoy al final de un callejón donde la única salida es el lado oscuro de la luna, no me asusta la oscuridad, ya no, nunca más. Hoy vamos a bailar hasta desgastar los zapatos, a reír hasta que duela, hacer el amor en último vagón, a caminar descalzos sobre las piedras, aventurarnos mar adentro sin salvavidas, venga, vamos que la Vida es hoy, que todo es hoy o nunca.

 

Hoy voy a celebrar los

inviernos que han pasado,

a deshojar las primaveras,

hacer esperar al verano,

hacer del otoño una tormenta

voy a celebrar mi vida y tu muerte

como tributo al amor que me

dejaste en la alacena.

Hoy voy a celebrar que el

tiempo avanza a toda prisa,

que las farolas se encienden

al caer la noche de ti vestida,

voy a celebrar sin motivos,

que la vida no los necesita

y yo tampoco, ven amor,

que la delgada línea que separa

el celebrar la vida o celebrar la

muerte, lleva tu nombre.

Porqué el amor lo es todo siempre y muchas veces es nada.

He visto todas las marcas que cubren mi cuerpo, desde los raspones es las rodillas por aquellos saltos de alegría cuando niña hasta las cicatrices de aquella enfermedad que llega al corazón.

No sé qué es el Amor, si es un objeto, si es un alguien, si es la nada disfrazada de un todo, no lo sé. A veces llega de una forma y luego en otra y dicen que a simple vista no se reconoce. Un día tocó mi puerta, traía unos ojos negros como la noche y el café de mis mañanas, una sonrisa que brillaba como sol a medio día, ese día el amor era un alguien. Y llegó, sé instalo en mis adentros, creció y un día sin pensarlo se marchó. No era el verdadero Amor, decían y, ¿yo cómo iba a saberlo?

Después de un tiempo, llegó vestido de lluvia en pleno verano, era tan divertido, pero tampoco se quedó para siempre. –Si la lluvia fuera eterna no habría nunca más primavera porque esta necesita del sol para florecer, ¿Y nadie quiere quedarse sin primavera verdad? –, dijo.

El Amor es impredecible, es la única cosa – si es que es una cosa – que llega sin avisar y así mismo se va. Es único, no siempre llega de la misma manera, siempre es otro después de otro. Y aunque no quieras creer en su existencia terminas cediendo ante la duda y caes rendida al Amor cada que aparece ante tu puerta. Siempre. Todo el tiempo.

Porqué el amor lo es todo siempre y muchas veces es nada.

Tenía tanto que decirle que guardé silencio.

Quería decirle que lo quería, que eso que empezó como nada se volvió un todo infinito y que él era esa felicidad a cuenta gotas que me llenaba todos los sentidos. Quería decirle que la distancia era un invento y que estar lejos era la excusa más tonta. Quería decirle que mis sueños eran a su lado y que despertar era un agobio cuando solo éramos el café y yo, sin él.

Quería decirle que echaba de menos todo lo nuestro y que la ausencia atormentaba como si fuera culpa. Y sí, me sentía culpable.

¿De qué? No sé, tal vez de no ser lo que él esperaba que fuera, porque, aunque nunca lo dijo abiertamente siempre lo decía entre palabras, a medias, como cuando dices “no sé” o “tal vez”.

Quería decirle que tampoco me importaba si le gustaba o no mi forma de ser, que eso no cambiaría nada, aunque terminó cambiándolo todo. Todo.

Quería decirle que pudo más los miedos y el peso del pasado que todo lo que pudiéramos sentir en este momento, que las dudas no van conmigo y la condura no me ata, que no dejaría nada porque lo que hoy tengo me costó una vida tenerlo y que lo quiero, que de verdad lo quiero con todo mi corazón que no sabe de ritmos y late a destiempo y que por eso lo estaba dejando ir.

Quería decirle que mi amor es de esos que andan libres y que no saben de nada, pero lo sienten todo y que hoy me duele esta despedida porque eso es lo que es, un adiós impostergable.

¿Por qué? Porque reconozco que él se merece más y que yo, yo solo soy la duda razonable de la inexistencia de una puta distancia.

Quería decirle que merece la certeza de un amor que pueda tocar con las manos y no solo a palabras, la plenitud de un sentimiento correspondido de igual manera y que yo no puedo ofrecerle. Quería decirle que reconozco mi error pero que no me arrepiento nunca de nada y que si le causé daño que me perdonara, pero no dije nada.

Quería decirle tanto que guardé silencio para no hacer la herida más grande, aunque creo que callar duele más, pero es más fácil hacerlo.

En qué momento, tú…

Esto es solo un pensamiento en voz alta que llegó a escribirse para no perderse.

[…]

En qué momento empezamos a compartir la vida de este modo tan intenso y tan íntimamente, en qué momento te volviste mi alimento y mi sueño. Mi madrugada, mi Luna resplandeciente.

Quién eres y por qué me es fácil abrir mi corazón contigo, de dónde vienes que traes la vida en las manos y la poesía en tu mirar, ¿Acaso vienes de alguna herida o eres la sonrisa que estaba perdida en no sé dónde y por fin me encuentra?

Cómo es que hoy eres presente y el futuro ya te espera o nos espera y no hay pasado siquiera que exista entre nosotros. Cuándo fue que la vida comenzó a escribirnos en una de sus historias sin finales y de ser personajes secundarios nos volvimos protagonistas.

No te imaginas la sonrisa que se dibuja en mi rostro cada que suena el teléfono y veo tu número en el identificador, no te imaginas el latir de mi corazón; hasta el día de hoy desconocía que los cristales rotos también hacen melodía.

Hemos compartido más de lo pensado en menos tiempo de lo deseado. Y esto marcha a paso lento, se vuelve más posibilidad que imposibilidad y no hay nada que lo impida. Y es que tú, que llegas así de pronto sin previo aviso, envuelto en un silencio que se va rompiendo poco a poco y me consume, me rompe y me hace hablar. Sentir.

En qué momento te volviste mi día a día, mi razón en mis desrazones, mi fe en las causas perdidas, la certeza en todas mis dudas; en qué momento caí perdida en tu voz que hasta nos abrazó el amanecer y nosotros, fieles amantes de tremenda belleza nos dejamos llevar.

No pregunto porqués porque no existen respuestas que sirvan de alimento a la eterna pregunta, ¿Por qué tú? ¿por qué yo? ¿por qué nosotros?

No me interesa el para qué de todo este suceso inesperado, solo sé que estoy dispuesta a intentarlo si lo intentas y a tomar el vuelo que me lleve hasta ti sin importarme el tamaño de la locura que estoy, que estamos cometiendo. Vida.

En qué momento, tú, mis ganas de conjugar todos los verbos. Mi poesía favorita. El epicentro de este temblor de emociones…

Sobre besos y canciones

He vuelto al asfalto, a recorrer calles y a caminar sobre el borde de la acera; a perderme entre la gente y a sonreír sin motivos y con todas las razones.

Hoy que he vuelto a andar, caminé hasta el final de la calle donde está la mejor vista de la ciudad, donde desde arriba vemos hasta abajo y a lo lejos distinguimos tanto, llegué ahí sin saber cómo, porque apenas y conozco donde piso, pero hoy ya camino sin miedo a perderme porque sé que nada pasa si todo sucede.

Y justo ahí donde parece no haber nada, estaba él, con su voz y su risa haciendo melodía y ella, sobretodo ella, que perdida en alguna nota de aquella canción o probablemente en esos ojos color verde; ella que a unos cuantos pasos de él lograba sentir la música y hacerla parte de sus latidos. Ella, que terminó encontrándose frente a una boca la cual inevitablemente no resistió. Y cayó, cayó en eso que llamamos beso. Un beso con sabor a vida, un beso en un día cualquiera de enero.

Lo vi, vi la distancia hacerse menos y al amor bailando con los miedos.

Hoy que he vuelto al asfalto, a recorrer las calles, me he encontrado tantas historias. Sobre besos y canciones, sobre flores y balcones, sobre cartas y postales, y una que otra que me recuerda a ti, Vida.

Siempre a tu lado, Vida.

Ya pasó tiempo suficiente, ya sanó la herida que estaba abierta al paso del invierno y aunque siga siendo invierno ésta ya no duele, ya está curada, y debo darte las gracias, sí, a ti, tiempo.

Hoy puedo abrir de par en par cada puerta y cada ventana que he construido en mis muros, incluso puedo derribar los muros y quedarme a la intemperie de tu cielo aun si llueve a cantaros y la tormenta nos deshace el peinado, puedo quedarme al descubierto y hacerle frente al invierno porque sé que tengo tus abrazos y que el café jamás hará falta porque viene de la tierra que pisamos, puedo derribarlo todo y latir con tanta fuerza que no sabrán si es la tormenta o el viento.

Ya te me notas Vida y qué bonito sentirte aquí dentro. De nuevo.

Hoy le hago lugar a todas las sonrisas que guardé por miedo a perderlas y qué importa si ahora se pierden, quien las encuentre volverá a creer en algo, sí, quizá en todo. Hoy le hago espacio a todas las estaciones que están por venir; en cada grieta una primavera, en cada mirada un verano, en cada palpitar un otoño y así como hoja que cae y el viento se lleva, así yo.

Pero siempre a tu lado, Vida.